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El decrecimiento y la oportunidad del declive energético

Frente a la crisis energética y el crecimiento desmesurado a costa de todo, un movimiento mundial apuesta por decrecer.

En 2002 tiene lugar en París la conferencia “Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo”, donde confluyen críticas sociales y ecologistas con la voluntad de desmitificar la ideología del desarrollo económico occidental. Este evento sentó una base teórica para alumbrar el movimiento por el decrecimiento, que se desarrolla en Francia y Bélgica a través de revistas, movimientos antipublicidad, antitecnología y de agroecología.

Una idea transversal al movimiento es la simplicidad voluntaria, particularmente presente en Canadá y EE UU, que consiste en optar por consumir menos, vivir más sencillamente e intercambiar localmente para reconstruir la convivencia y la implicación local, y para ganar en autosuficiencia frente al todo mercantilizado del capitalismo. En Italia, la decrescita se centra en proyectos de autogestión y economía local a escala municipal y en numerosas manifestaciones contra la construcción de megainfraestructuras.

Desde 2004, en varios países europeos se organizan marchas andando, con asno o en bicicleta, para revindicar la lentitud y otro modo de intercambio sin intermediarios. Paralelamente, en el mundo anglosajón nacen en 2005 las ‘ciudades en transición’, que redibujan todos los aspectos de la vida local con el objetivo de afrontar el declive del petróleo. En 2007, el decrecimiento aparece en México y Argentina. En este mismo año, nace en Cataluña la Entesa pel decreixement, como una red de contestación social alrededor del decrecimiento. El año siguiente, el colectivo Temps de re-voltes inicia una marcha en bicicleta que recorre Cataluña durante varios meses y que culmina este mes de julio en un encuentro de movimientos sociales, destinado a concretar proyectos de decrecimiento y contrapoder.

En Cataluña, como en el resto del mundo, la crisis energética refleja la urgencia de movilizarse por el decrecimiento, tanto por el riesgo de tensión social frente a la escasez de recursos, como por la oportunidad que se nos ofrece para cuestionar y transformar la sociedad. Si tomamos como ejemplo el sector más consumidor de energía, el transporte, el declive energético podría forzar el fin de la civilización del automóvil, promotora de individualismo y tan destructora en términos de medio ambiente y urbanismo. Con ello, se conseguiría una reivindicación ecologista que hasta ahora permanecía fuera de alcance.

De la misma manera, el declive nos invita a prescindir de las mercancías que han viajado cientos de kilómetros, para optar por el consumo local y por la autoproducción, y a boicotear por fin los supermercados y el espectáculo de los centros comerciales. En definitiva, producir y consumir menos, localizar los intercambios, participar en la autogestión local de la comunidad y sus recursos, compartir… en todos los aspectos de la vida, la crisis abre una vía para desmaterializar la felicidad y redescubrir una vida colectiva más cercana a la naturaleza.

Laura Blanco Grau y Sylvain Fischer, de Entesa pel decreixement.

Vía: Rebelión.

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