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Embotellamientos y autos sardina



Por Onésimo Flores. (texto y foto)

Hoy viví un embotellamiento. Digo viví porque es toda una experiencia observar lo que sucede cuando una avenida de ocho carriles se convierte en un enorme estacionamiento. Aunque todos van tarde a sus citas, el tiempo se detiene. El enojo se convierte en hastío. La prisa en resignación. Los emprendedores buscan aprovechar el momento: Uno habla por teléfono, otra se aplica maquillaje. Yo intenté leer de reojo el periódico que me acompañaba como copiloto. Imposible. Nunca falta un claxon para recordar que hay que acelerar y frenar de vez en cuando. El embotellamiento permite breves distracciones pero no perdona al que pierde el ritmo. Finalmente, esto sigue siendo el periférico de la Ciudad de México y no un Starbucks.
Al menos hay sombra, dirían los optimistas. Entre el cielo de la Capital y los miles de náufragos del periférico se interpone un imponente segundo piso. Me pregunto si los conductores que escogieron transitar por arriba irán mas rápido. Pienso que sí, y me culpo por no haber tomado la salida que lleva a las alturas. Imagino con envidia a otros disfrutando de esa especie de nirvana urbano que llamamos flujo continuo. Los imagino circulando entre sonrisas, haciendo de su viaje un paseo y actuando como si este inframundo vial no existiese. Malditos.
El piso de arriba tiene que estar vacío. ¿O no? Su construcción duplicó la capacidad de esta importante vía. Salvo que también se haya duplicado la cantidad de automóviles, los embotellamientos no tendrían por que ocurrir. Sin embargo aquí estoy, atrapado en un embotellamiento igual o peor a los observados durante mi lejana época de estudiante de Licenciatura. De pronto me doy cuenta que el piso de arriba no puede estar vacío. Pensar que todos tomamos la salida equivocada sería creer que en el Distrito Federal habitan demasiados ingenuos. El hecho es que la obra magna de AMLO animó a más capitalinos a utilizar sus coches. Hoy el periférico está nuevamente saturado, por arriba y por abajo.
Volteo a ver a la señora del maquillaje. Circula sola en su Explorer. Igual que el tipo del celular, igual que yo, igual que casi todos. Hago una breve encuesta mental. Nueve de cada diez vehículos circulan con un solo tripulante. El desperdicio de capacidad es increíble. Esta ciudad podría aprender mucho de la promoción "auto sardina" de Six Flags-Reino Aventura. La administración de ese parque de diversiones comprendió oportunamente que es más eficiente reducir la demanda de estacionamiento que ampliar la oferta de cajones. En lugar de construir un segundo piso a su estacionamiento, Reino Aventura ofrece entradas gratis a quienes llegan en automóviles llenos.
Si cada señora del maquillaje viajara con cada señor del teléfono, eliminaríamos los embotellamientos. Si incluyeran en su viaje al tipo que intenta leer el periódico, el segundo piso sería innecesario. Solo entonces el gobierno del DF podría concentrarse en mantener la "ciudad de los palacios" en lugar de distraerse construyendo la "ciudad de los segundos pisos". Inaugurar un puente, un túnel, un segundo piso, resuelve de manera transitoria el problema del tráfico. Todos aplauden, y las porras duran cuando menos hasta el final del gobierno del político-constructor. Al paso del tiempo estamos como antes: circulando a vuelta de rueda y pensando en otra mega-obra que, ahora sí, resolverá el problema para siempre.
La misma dinámica se observa en muchas ciudades en crecimiento como la nuestra. Si las autoridades impulsaran una política que permitiera reducir el uso del auto, en lugar de lanzarse irreflexivamente a ampliar la infraestructura vial, podríamos liberar millones de pesos que México necesita para otras prioridades, como el combate a la pobreza o la educación. Claro, el problema es que ni a la señora del maquillaje ni al señor del teléfono les parece atractivo nuestro actual sistema de autos sardina: los microbuses.
Por ello el sistema urbano de autos sardina tiene que ser de gran calidad. Debe representar una alternativa cómoda, eficiente, segura, rápida y predecible. Es decir, tiene que ser radicalmente diferente al actual sistema de transporte público. Existen muchas opciones: Invertir en trenes suburbanos, en metrobuses, en ciclopistas, en banquetas. Todas ellas son alternativas, que bien implementadas, pueden reducir nuestra creciente dependencia en el automóvil.
Algunas ciudades ya lo están haciendo. Otras construyen los embotellamientos del mañana.

Tomado del blog de Onésimo: Ciudad Posible.

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