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Los invasores de aceras.


Hubo un tiempo en que las aceras cumplían sobre todo la misión de proteger las edificaciones del trasiego de las calles o del agua de lluvia. Pero en los últimos ciento cincuenta años las aceras fueron reinventadas como lugares especializados para una pretendida seguridad del tránsito y la estancia peatonal; una reinvención ambivalente, pues dando al peatón derechos exclusivos sobre una parte de las vías se le negaban los derechos sobre el resto, sobre la calzada.
Cuando a partir de los años sesenta se produjo la irrupción masiva del automóvil, las aceras registraron un ataque despiadado; las autoridades y técnicos municipales buscaron en su estrechamiento el espacio siempre insuficiente para las crecientes demandas de aparcamiento y circulación. En los nuevos barrios la planificación tampoco contribuyó a dignificar las aceras:
escalones, estrechamientos, interrupciones, falta de arbolado de sombra y, en general, un claro predominio de las dimensiones y la prioridad de la calzada.
Años más tarde, las organizaciones de personas con discapacidad empezaron a exigir la supresión de barreras también en las aceras, obligando a cambiar el modo en que se diseñaban y pensaban tradicionalmente.
El resultado de esa batalla son unas aceras que comienzan a cumplir ciertas condiciones de continuidad y dimensiones, capaces de ser recorridas por ejemplo por personas en sillas de ruedas.
Quizás esas nuevas cualidades de las aceras han contribuido a que se hayan convertido en el objetivo de una oleada de invasores pilotando nuevos o antiguos artefactos.
Muchos de esos invasores manifiestan la pretensión común de cambiar la movilidad o incluso de ser una alternativa al automóvil.
Sin embargo, repasando los rasgos de estos nuevos usuarios de las aceras, se puede afirmar que, en general, no está justificada la cesión del espacio peatonal para facilitar su presencia: Motos y ciclomotores: aterrizan sobre las aceras para aparcar y, en ocasiones, para circular, evitando rodeos o atascos, lo que pone en riesgo a los peatones. Aunque suponen una menor ocupación del escaso espacio urbano, su carácter de vehículo alternativo al coche está puesto en entredicho, debido a sus consecuencias ambientales (ruido, contaminación) y peligrosidad.
El aparcamiento de motos y ciclomotores debe situarse en las calzadas, en competencia con el aparcamiento de los automóviles, evitando así la ocupación de las aceras y la justificación para circular ‘unos metros’ por ellas.
Ciclistas: son aliados de los peatones en la movilidad sostenible, pero para ello deben compartir el espacio con los vehículos motorizados o contar con espacio propio. La opción de vías ciclistas que ocupan las aceras (aceras-bici) debe ser excepcional y sin perjuicio de la calidad y dimensiones suficientes del espacio peatonal. También deben tener un tratamiento cuidado las vías compartidas por ciclistas y peatones (por ejemplo las vías verdes) y las zonas peatonales aptas para el paso de las bicicletas.
Patinadores: su velocidad pueden triplicar la de un peatón, generando riesgos para los viandantes más vulnerables. Tampoco encajan bien en la calzada en vías de tráfico rápido y, por tanto, si quieren utilizar las aceras deben cumplir ciertos requisitos y comportamientos para adecuarlos a la multiplicidad de usuarios y capacidades de reacción que se dan entre los peatones.
Patines eléctricos convencionales o del tipo Segway. La última oleada de alienígenas de nuestras aceras está formada por vehículos motorizados de dos ruedas. No hacen ruido, no emiten contaminantes in situ y ocupan poco espacio urbano, pero ni deben permitirse en las aceras por su velocidad, ni son una alternativa real al modelo de movilidad basado en el coche.
Las aceras deben seguir siendo un espacio en donde el peatón se encuentre cómodo
y seguro, en especial las personas con mayores dificultades de desplazamiento. Hay demasiada calzada como para que los invasores se fijen justo en esta parte de la calle.
Salvador Fuentes y Alfonso Sanz

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