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La inteligencia

El siguiente es un fragmento del ensayo: "CONVERSACIONES FILOSÓFICAS CON MI PAREJA, el ocaso de los liderazgos", de Marno Ridao y se puede descargar completo AQUI.
Vale la pena.


La inteligencia podría definirse como la capacidad para sobrevivir, es decir, la capacidad que tiene un individuo para entender el medio que le rodea y sobrevivir en él. ¡¡Atención!! No la sobrevivencia en sí misma sino la capacidad para sobrevivir. Luego al referirnos a las diferentes opciones que tiene el inteligente veremos el matiz más claramente.
La intuición y la capacidad de razonar van por canales paralelos. Nadie es exclusivamente intuitivo o absolutamente racional, parece como si el pensamiento caminase por la cima de una alargada cordillera descendiendo ora hacia la vertiente de la intuición ora hacia la del cartesianismo. Está claro que existen ambas vertientes y la mente humana elige para desarrollar su pensamiento primordialmente una u otra en función de los sujetos y las circunstancias. Las cosas se llegan «a saber, a realmente conocer», antes de verdaderamente llegar a razonar el porqué realmente se dan. Se intuye antes que se razona. Se ve con los ojos de la mente antes que con los naturales.
Probablemente el pensamiento intuitivo emocional sea muy superior en aciertos y velocidad que el pensamiento puramente racional por el sencillo motivo de que el primero no tiene el escollo de los pre-juicios. La pura racionalidad analiza todos y cada uno de los pormenores: también los prejuicios, sean éstos producto de la educación o de otras circunstancias. La intuición es más libre, más espontánea, mientras qué el razonamiento es más reflexivo más lento. Por el contrario la velocidad intuitiva puede provocar equívocos, difíciles de cometer tras un concienzudo razonamiento. Por eso en todo proceso de investigación se intuye La Norma, La Regla pero luego se razona suficientemente hasta hallarla por puro sistema de ir descartando los caminos equivocados. ¡En fin, todavía queda mucho por averiguar acerca de lo que llamamos inteligencia!
Maquiavelo distingue tres tipos de inteligencia: “La de aquellos que comprenden las cosas por sí mismos, la de aquellos que son capaces de evaluar lo que otros comprenden y la de quienes no comprenden ni por sí mismos ni por medio de los demás.”
Entre cada una de esas clases -a mi entender- existe un verdadero abismo, mayor aún entre la segunda y la tercera. La diferencia entre ellas es tal que constituye la razón de la apreciación del talento en semejante medida. Claro qué, como el nacer en una u otra clase mental es sólo cuestión de azar (que no: de genética o educación) es triste que La Humanidad aprecie tanto el talento cuando éste es una pura lotería (¿En qué familia no hay dos «cortitos de entendederas»?). Lo lógico sería que La Humanidad dedicase sus esfuerzos a que esa pura casualidad de nacer con más o menos talento no limitase el desarrollo vital de la inmensa mayoría de la población, pues es patente el hecho de qué: los afortunados en La Lotería del Talento, los talentosos, se meriendan a los que no lo son tanto.
Casi todos los humanos somos capaces de llegar a entender, más tarde o más temprano como funciona nuestra propia familia: quienes en su seno son más egoístas y quienes más generosos. Algunas personas ya de chavales son capaces de entender a la perfección, sin que nadie les haya dicho nada, cómo y porqué sus padres están reñidos con sus tíos. Hay quienes a temprana edad conocen los hilos que mueven las relaciones humanas y hay quienes tardan una eternidad en conocer que intereses mueven a los concejales de su pueblo. En la medida que la comprensión, el entendimiento, abarca áreas mayores se puede afirmar que la inteligencia es mayor. La mayoría de los humanos está confundida a la hora de analizar los intereses que mueven la sociedad. La cadena de engaños que Erich From señala, les ata a una visión no realista de los verdaderos motores del mundo. Sólo a través de otra mente más entendedora que les explicase la realidad quizás pudieran entenderla, pero para ello se precisarían un montón de circunstancias: nivel de esfuerzo por aprender, oportunidad de que pudiera darse publicidad a otras visiones diferentes a las “oficiales”, etc. etc.
A mayor capacidad de comprensión del medio mayor facilidad de sobrevivencia. Está claro que los tontos de capirote las pasan canutas para sobrevivir y sin embargo los dotados por la naturaleza con abundante listeza, astucia o malicia llegan a gozar enseguida de situaciones de privilegio que les permiten gozar de las delicias e incluso -si su nivel es suficientemente elevado llegar a alcanzar los niveles de los criados y los esclavos.
He mencionado, de forma intencionada, listeza, astucia o malicia pero no he dicho inteligencia, puesto que, a mi entender, la inteligencia es algo -o mejor dicho- bastante, más importante que la simple listeza, astucia o malicia.
Intentaré explicarme con un ejemplo:
Pensemos que estamos observando como un malabarista es capaz de mantener en el aire girando 8 naranjas u 8 pelotas mediante su lanzamiento y recogida sucesivos. Inmediatamente se nos viene a la cabeza la admiración que sentimos por ese individuo que es capaz de semejante proeza de habilidad manual. Si además le imaginásemos combinarse con un compañero de actuación de forma que mediante el lanzamiento reciproco de las pelotas consiguieran poner en el tráfico aéreo 12 pelotas, nuestra admiración crecería y se extendería por igual a ambos malabaristas. Está claro que en una primera instancia nuestra admiración por los malabaristas se circunscribe y limita a su habilidad manual. Para nada pensamos que -en principio- dicha admiración puede extenderse a otros campos del saber. En ellos vemos, exclusivamente, a unas personas especialmente capacitadas para determinados quehaceres manuales. Sería preciso un conocimiento más profundo de la personalidad de los malabaristas para admirarlos también en otros campos del saber. Si además de la habilidad patente, descubriéramos que uno de ellos era un magnífico poeta o científico, empezaríamos a admirar a aquel con dichas cualidades con un mayor sentimiento de admiración. Entenderíamos que estábamos ante un individuo más completo.
Tal y como expliqué en el Ensayo Millonario por la gracia de…?, la verdadera inteligencia supone la tenencia de un conjunto de capacidades en un grado notable y notablemente homogéneo. Al igual que a los malabaristas los trataríamos justamente si dijéramos de ellos que eran unos individuos extremadamente hábiles manualmente, de los listos, astutos o maliciosos podremos decir que son individuos hábiles mentalmente pero no, necesariamente, diremos de ellos que son inteligentes -o dicho a la manera tradicional- no diríamos de ellos que son sabios.
Al igual que los malabaristas han ejercitado sus habilidades manuales mediante el hábito diario de ejercitar sus manos en lanzamientos, y -casi con total seguridad, han contado con maestros que les han enseñado las técnicas básicas adecuadas para que las pelotas estén constantemente en el aire- a muchas otras personas, este hábito diario se les ha inculcado en los campos mentales del estudio de leyes y reglamentos; de componentes químicos y sus reacciones; de ofertas y demandas; de mercados y Bolsas de Valores; de introducción de productos en mercados; de…. En definitiva se les ha hecho hábiles mentalmente en determinados campos. De esa habilidad mental se derivan las preeminencias de muchos de los que alcanzan el llamado «éxito social».
Al igual que los malabaristas cuentan con su «éxito artístico», multitud de profesionales de éxito de la abogacía, la arquitectura, la literatura, la investigación, la ciencia, la industria o los negocios… gozan de su habilidad mental en el campo que les corresponde. Pero el hecho de que hayan alcanzado el «éxito social» no presupone que hayamos de considerarlos sabios. Son, simplemente, hábiles mentales en su campo o campos específicos. Y en ellos gozan, normalmente, de un reconocimiento y de una retribución pareja a su cualificación.
Sin embargo -al igual que los malabaristas- dichos hábiles mentales específicos son, frecuentemente, romos, torpes o ineptos en multitud de otros campos. Su capacidad de entender se ha especializado y limitado al campo o campos de su dominio y no alcanzan a comprender otros funcionamientos o razonamientos que se les presentan. Como veremos al referirnos a La Tontería, muchos de éstos gozadores del éxito social profesional, se sienten tan altamente halagados en su yo que creen ser también sabios en otros campos y así se dedican a mirar por encima del hombro a todo ser viviente, dedicando sus miradas y deseos, exclusivamente, a la cúspide económica de la sociedad que es de donde creen poder recibir todo beneplácito. Por ello se dedican a imitarla en todo lo que esté a su alcance. Son los que Ortega denomina idiotas especializados. Y el refrán, mucho más socarrón, dice de ellos: “Ignorante graduado, asno albardado”.
Así pues podemos decir, sin temor a equivocarnos, que: la inteligencia ha de ser global, pues globales y multidisciplinares son los problemas. La inteligencia limitada a un exclusivo campo del saber o de la actividad humana es sólo una especialización científica. La inteligencia, si verdaderamente es tal, ha de poder decir: “Tú plantéame cualquier problema que «yo» te daré la solución o, por lo menos, el camino hacia ella”. La inteligencia/sabiduría ha de entender de Política, de Economía, de Física, de Psicología etc. aún cuando su detentador no esté acostumbrado a trabajar esos campos. A fin de cuentas todo se reduce a planteamientos llenos de premisas, y a conclusiones. Quien puede lo má s ha de poder hacer lo menos. Es decir, quien puede redactar un complicado contrato lleno de enrevesadas cláusulas, habrá de poder arreglar un pinchazo de la bici o habrá de poder pasar la cortadora de césped el día que la necesidad le obligue.
La globalidad de la verdadera inteligencia hace que sus poseedores no se focalicen en una determinada área; que no se conviertan en forofos de una específica disciplina; que no se fundamentalicen en la búsqueda por un sólo camino al encuentro de un Dios, una Cultura o una Idea, sino que por el contrario, dichos inteligentes son capaces de vivir la vida intensamente en multitud de facetas: desde el goce diario de la gastronomía, al del enrevesado raciocinio, pasando por la actividad sexual o la gimnástica. Todo en la vida seduce a los inteligentes pues el individuo es: mente sostenida en el seno de un organismo vivo y, por ello, sujeto a pasiones o quereres. El individuo no es sólo y exclusivamente ratio.
Hemos visto como los listos, astutos o maliciosos son individuos que poseen las habilidades mentales suficientes para llegar a obtener puestos de relevancia en la sociedad que les permiten incluso acceder a los mayores estadios establecidos por Rousseau. Sus capacidades mentales les han situado como jueces, ingenieros, notarios, gobernantes, políticos, arquitectos, comerciantes, financieros, científicos etc. etc.. Sin embargo además de no ser sabios por no ser globales tampoco suelen poseer una de las características esenciales de la sabiduría/inteligencia que es la llamada bondad La bondad es un accesorio necesario de la verdadera inteligencia. La inteligencia no es verdadera cuando no va acompañada de bondad, se queda, simplemente, en mera listeza, astucia, malicia o habilidad. Para diferenciarlas nada mejor que utilizar el término clásico: alguien por muy inteligente que parezca, no llegará a la sabiduría si carece de bondad. Sólo el sabio o verdadero inteligente es además bueno.
El adjetivo bueno tiene un marcado acento positivo unido a la utilidad y es contrapuesto a egoísta, interesado etc.. Es decir, lleva consigo la semilla de la cordialidad y la solidaridad. Alguien bueno es alguien solidario, ecuánime, justo…. Por el contrario alguien malo es aquel que aprovechándose de la debilidad física, mental o circunstancial ajena, consigue del prójimo una ventaja que en justicia no le correspondía. ¿Acaso no incluiríamos entre los malos a los astutos y listos que depredan a los más para arrebatarles sus pobres pertenencias? ¿Acaso no siembran el mal en la sociedad aquellos que lo acaparan todo para ellos dejando a los demás en la indigencia? Claro está que esos listos y astutos detentan un montón de habilidades y argucias, precisamente éstas son las que les permiten acaparar sus fortunas, pero por altas que sean sus capacidades intelectivas para depredar, la propia elección del campo depredatorio como objeto de sus actividades los aleja de la verdadera inteligencia. Les ha faltado la sensibilidad necesaria para no rechazar el campo del despojo, del pillaje, de la rapiña, del abuso como actividad para sus vidas. Si todas las capacidades de los listos y astutos las dedicasen a otros campos no necesariamente saqueadores estaríamos en otro mundo. Estaríamos en un mundo de sabios y, el mundo, no funcionaría como funciona. Es, precisamente, la sensibili dad la que diferencia la inteligencia de la astucia . La inteligencia y la sensibilidad van, ineludiblemente, unidas. Sin embargo, la listeza, la astucia, la depredación están asociadas a la insensibilidad. Cuando analicemos la cantidad de sabiduría que hay en el mundo veremos como su escasez es, precisamente, la que nos condena como especie.

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