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Consensos problemáticos

Por Boaventura de Sousa Santos *

Colombia Plural/Inestco


Desde hace años me intriga la facilidad con que se crean consensos en las sociedades de Europa y Norteamérica. Me refiero a consensos dominantes, adoptados por los principales partidos políticos y por la mayoría de los editorialistas y comentaristas de los grandes medios de comunicación social. Son tanto más intrigantes porque se producen sobre todo en sociedades donde supuestamente la democracia está más consolidada y donde, por eso, la competencia de ideas e ideologías se esperaría que fuera más libre e intensa. Por ejemplo, en los últimos treinta años se consolidó el consenso de que el Estado es el problema y el mercado la solución; que la actividad económica es tanto más eficiente cuanto más desregulada; que los mercados libres y globales son siempre preferibles al proteccionismo; que nacionalizar es anatema, mientras privatizar y liberalizar es la norma.

Más intrigante es la facilidad con que de un momento a otro se cambia el contenido del consenso y se pasa del dominio de una idea al de otra totalmente opuesta. En los últimos meses asistimos a una de esas transformaciones. De repente, el Estado volvió a ser la solución y el mercado el problema; la globalización fue puesta en cuestión; la nacionalización de importantes entidades económicas dejó de ser anatema y pasó a ser la salvación. Aún más intrigante es que sean las mismas personas e instituciones las que defienden hoy lo contrario de lo que defendieron ayer, y aparentemente lo hacen sin tener mínima conciencia de la contradicción. Esto es tan cierto respecto de los principales consejeros económicos del presidente Obama como del presidente de la Comisión de la Unión Europea y los actuales gobernantes de los países de Europa. Y parece ser irrelevante la sospecha de que, siendo así, estamos ante un mero cambio de táctica y no ante un cambio de filosofía política y económica, el cambio que sería necesario para enfrentar la crisis con éxito.

A lo largo de estos años hubo voces disidentes. El consenso que se consolidó en el Norte global estuvo lejos de consolidarse en el Sur global. Pero la disidencia no fue escuchada o fue castigada. Se sabe, por ejemplo, que desde 2001 el Foro Social Mundial (FSM) viene realizando una crítica sistemática al consenso dominante, simbolizado por el Foro Económico Mundial (FEM). La perplejidad con que leemos el último informe del FEM y verificamos alguna convergencia con el diagnóstico realizado por el FSM nos hace pensar que, o el Foro Social tuvo razón demasiado pronto o el Foro Económico la tiene demasiado tarde. Una vez más, la verdad es que el consenso es traicionero. Puede haber alguna convergencia entre el FEM y el FSM con respecto al diagnóstico, pero ciertamente no con respecto a la terapéutica. Para el FEM, y por lo tanto para el nuevo consenso dominante rápidamente instalado, es crucial que la crisis sea definida como una crisis del neoliberalismo y no como una crisis del capitalismo, o sea, como una crisis de un cierto tipo de capitalismo y no como la crisis de un modelo de desarrollo social que, en sus fundamentos, genera crisis periódicas, empobrece a la mayoría de las poblaciones que dependen de él y destruye el medioambiente. Desde esa perspectiva, también es importante que las soluciones sean una iniciativa de las elites políticas y económicas, que tengan un carácter tecno-burocrático y no político, y sobre todo que los ciudadanos sean alejados de cualquier participación efectiva en las decisiones que los afectan y se resignen a “compartir el sacrificio” que cabe a todos, tanto a los poseedores de grandes fortunas como a los desempleados o los jubilados con pensiones mínimas.

La terapéutica propuesta por el FSM, y por tantos millones de personas cuya voz seguirá sin ser escuchada, requiere que la solución de la crisis sea política y civilizatoria, y no confiada a los que, después de haber causado la crisis, están apostando a continuar beneficiándose de la falsa solución que proponen. Ciertamente, el Estado deberá ser parte de la solución, pero sólo después de ser profundamente democratizado y librado de los lobbies y la corrupción que hoy lo controlan. Urge una revolución ciudadana que, sobre la base de una inteligente combinación entre democracia representativa y democracia participativa, pueda crear mecanismos efectivos de control democrático tanto de la política como de la economía. Es necesario un nuevo orden global solidario que cree condiciones para una reducción sustentable de las emisiones de carbono hacia 2016, cuando según los estudios de la ONU el calentamiento global, al ritmo actual, será irreversible y se transformará en una amenaza para la especie humana. La existencia de la Organización Mundial del Comercio es incompatible con ese nuevo orden. Es preciso que la lucha por la igualdad entre los países, y al interior de cada país, sea finalmente una prioridad absoluta. Para eso, el mercado debe volver a ser un servidor, ya que como soberano se ha revelado terrible.

* Doctor en Sociología del Derecho, profesor de la Universidad de Coimbra (Portugal) y de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.).

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