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Discriminación invisible




En el artículo primero de la Constitución se puede leer: “queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, género, edad, discapacidades, condición social, condiciones de salud, religión, opiniones, preferencias sexuales, estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas”.

Traigo esto a colación porque el habitual ejercicio de discriminación por movilidad, tan anticonstitucional como cualquier otra forma de discriminación, pareciera invisible, ninguneado e incluso abiertamente tolerado en el día a día cotidiano de nuestra ciudad. Así, el automovilista se cree con el derecho de exigir a un ciclista que conduce apropiadamente a medio carril que se quite de su camino. Ni que decir de la violencia con la que un conductor del transporte público decide intimidar a ciclistas y peatones con el sonido del freno de su autobús, como si fuera dueño de la calle. Los tomadores de decisiones en el diseño urbano han priorizado el flujo de vehículos motorizados colocando puentes peatonales que obligan al más desprotegido, el peatón, a realizar el mayor esfuerzo de recorrido con la premisa de no detener el flujo de autos, cuando lo apropiado y justo sería, en todos los casos, colocar un semáforo peatonal y un paso cebra. Pareciera que la prisa del automovilista por alcanzar los 11 kilómetros por hora que en promedio se mueven los autos en esta ciudad vale más que el derecho del de a pie a cruzar la calle a nivel. Estas decisiones de diseño urbano menoscaban los derechos y libertades de personas por su condición de peatones o ciclistas, tal y como lo prohíbe nuestra carta magna.

Otra forma habitual de discriminación por movilidad, de la que por cierto fui objeto el pasado lunes, es la que ejercen los cotos privados (privados porque privan) en contra de los transeúntes en aras de mantener su nivel de exclusividad (son exclusivos porque excluyen). Resulta que el gueto habitacional Valle Real, y seguramente muchos otros guetos similares, no permiten por supuestas razones de seguridad, la entrada de personas a pie. Solo por ir a pie. Cualquiera que pretenda cruzar la frontera que es la entrada a Valle Real a bordo de un automóvil no tiene más que registrarse como visitante y ya. Ni siquiera importa cuántas personas vayan a bordo del vehículo, lo que garantiza el acceso es el auto. Los cavernícolas de seguridad son incapaces de dar alguna explicación por la que prohíben el acceso a todo visitante a pie, solo repiten incansablemente que es por cuestiones de seguridad y porque luego se “desbalagan” como si quienes entran en auto no pudieran bajarse unas cuadras después y “desbalagarse”.

Supongo que por la capacidad adquisitiva de los habitantes del gueto, vivirán con un miedo irracional a secuestros, asaltos y demás padecimientos de la gente común, pero bastan dos dedos de frente para darse cuenta que el secuestrador o asaltante habitual entraría seguramente en el auto menos sospechoso y muy difícilmente a pie. El ejercicio de discriminación por movilidad parece más un asunto clasista que de seguridad, sin mencionar que es probable que capos, políticos corruptos y demás delincuentes ni siquiera sean visitantes en esos lares sino residentes.

Discriminación es discriminación aquí y en China y aunque nos es muy evidente cuando se trata de personas en alguna situación de vulnerabilidad pareciera que nadie nota la discriminación diaria que padecemos los peatones en la ciudad. Y peatones somos todos.



Publicado originalmente en Milenio Jalisco.

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