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El centro en bici




Hace algunos años, en uno de esos días de mayo de extremo calor tapatío, siendo aún un habitual automovilista, tomaba un agua fresca en la plaza Díaz Morales frente al templo Expiatorio, cuando una prima menor de edad se acercó para pedirme un favor:

― ¿Me puedes llevar en tu carro a San Juan de Dios a comprar unos tenis? ¿Sí? Ándale, ¿Sí?
Mi reacción no fue diferente a la de cualquier automovilista medianamente sensato. La sola idea de, con ese calor; atravesar todo el centro, embotellarse tras algún semáforo que cambiará a rojo tres veces antes de dejarme cruzar, intercambiar claxonazos histéricos con algún chofer de autobús cuya única meta es rebasar a otro camión, encontrar algún cajón disponible de estacionamiento ya sea privado o lidiando con el secuestro espacial de algún franelero y aún así estar expuesto a que te roben una parte del coche, más el desconocimiento de qué calle será la más apropiada para circular despejada de vendedores ambulantes u otros obstáculos; hacen que la respuesta normal habitual sea tajante: no. A veces con un extra “¿estás loca?” “¿a esta hora?”

En algún punto, el automóvil transformó nuestra percepción de la distancia. La distancia dejó de ser un asunto de metros y empezamos a medirla en función de complejidad, confort y tiempo. De repente el centro de Guadalajara se nos convirtió en un lugar sumamente lejano, ruidoso, complicado y al que nos dejaron de dar ganas de ir.
Unas semanas después comencé a hacer uso de la bicicleta. Los primeros pedaleos, como los de cualquiera en un proceso de transición, fueron meramente lúdicos, los domingos, en la vía recre-activa. La bicicleta, me ofreció una imagen mucho más cercana a la realidad ajena a los prejuicios habituales del automovilista. El recorrido del Templo Expiatorio al Mercado Libertad es de solo 16 cuadras y se realiza en menos de 5 minutos. Es un baldazo de agua fría que despierta la conciencia de cualquiera que está atento.

Con el tiempo me fui convirtiendo en un usuario habitual de la bicicleta, cada vez mas sorprendido por la facilidad de desplazarse entre puntos que antes consideraba imposibles y extremadamente complejos. Desplazamientos que fueron sustituidos por recorridos agradables en los que desde la bici uno logra interactuar y sensibilizarse con cosas tan sutiles como la vegetación existente, el estado del pavimento, los rostros de las personas. El apropiamiento y conocimiento del espacio público de un ciclista habitual produce en automático un ejército de ciudadanos conocedores a detalle de las problemáticas más evidentes de la ciudad. Los problemas “petit”: el bache, la alcantarilla abierta, la ausencia de una rampa. Problemáticas que siempre han estado ahí y simplemente no hemos visto y que al verlas provocan, al menos, el deseo común de hacer algo al respecto.

Hoy, el centro cuenta con propuestas para mejorar la accesibilidad, generar zonas de tráfico tranquilizado, vías ciclistas y sistemas de préstamo de bicicletas que podrían permitir e incentivar que cada vez más personas descubran desde su propia experiencia la diferencia, sobre todo en placer, de devolver a la distancia su dimensión real. Eso, sin mencionar las implicaciones ambientales y de eficacia que implicaría una reducción significativa del número de automóviles tratando de cruzar el centro todos los días o de encontrar un cajón de estacionamiento. O la recuperación de rasgos de identidad local que rápido renacerían si el centro pudiera lucir el atractivo que realmente tiene y el incremento de la actividad turística no dependiente del tráfico automotor.

Ojalá Guadalajara pueda hacer prosperar esas propuestas y terminar de tajo con la actual frustración que provoca saberse tan cerca y sentirse tan lejos.


Originalmente publicado en Descubre Centro Histórico Gdl

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