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La ciudad no es un supermercado



Cada estante en el supermercado tiene cierta cantidad de productos para ser elegidos libremente por los compradores, paulatinamente, habrá más de los productos que más se venden y los que se venden menos ocuparán menos espacio. La oferta y la demanda determinan el aspecto de una estantería comercial o de un aparador haciendo más funcional el proceso de compra de un consumidor.

Pero para la ciudad no funciona igual. Los hábitos de consumo de los habitantes, no pueden, ni deben ser determinantes para el desarrollo de las soluciones.

Por ejemplo la distribución del agua. Por un lado, es prioritario que todos los habitantes de la ciudad tengan agua; por el otro, no se puede garantizar a todos consumir cualquier cantidad de un recurso finito. La política que determine la distribución del liquido debe contemplar minimizar el consumo de un bien que es fundamental para todos, y no porque aumente la demanda per cápita de agua deberíamos simplemente aumentar el volumen a distribuir.

Por el contrario, gobiernos y sociedad deben encontrar modelos apropiados de gestión que incluyan procesos educativos del consumo y modificación de hábitos que garanticen que aquello fundamental para el desarrollo de la vida en la ciudad prevalezca.

En materia de movilidad, por décadas, se han tomado decisiones con base únicamente en la demanda prevaleciente. El ingreso de autos chocolate, las facilidades financieras para adquirir un vehículo, los prejuicios sociales en torno a la posesión de un automóvil y el estatus que ofrece; han disparado en la últimas dos décadas el tamaño del parque vehicular y la demanda de espacio para la circulación y el estacionamiento de automóviles.

Para satisfacer esta demanda, no hemos reparado en ampliar calles, derruir fincas históricas para dar paso a grandes avenidas, minimizar el ancho de las banquetas, retirar áreas arboladas y consumir grandes cantidades de los recursos públicos en túneles y puentes vehiculares.  Es como si alguien tirara descaradamente el agua de su manguera y todos los demás aportáramos todos nuestros recursos para seguir llevándole agua.

Cambiar la manera en que resolvemos la movilidad implica entender que lo que está en juego en la ciudad y en el uso que hacemos del espacio público, depende de los desplazamientos que logramos de personas, y no de automóviles. Son los habitantes los que al hacer uso de la ciudad requieren desplazarse eficientemente de un lugar a otro.

Entender a fondo esto implica darnos cuenta que incrementamos la eficiencia de la ciudad al quitarle espacio a los automóviles y dárselo a otros medios de transporte. Dar un carril exclusivo en una gran avenida al transporte público eficientiza en tiempo muchos más desplazamientos de personas que si seguimos dejando el autobús atorado en un tráfico de automóviles que mueve a los menos. Lo  mismo sucede con las vías ciclistas exclusivas o con las ampliaciones de banquetas que promueven el simple acto de caminar.

Ciertamente, al principio se incrementará la congestión vehicular –imaginemos por ejemplo a la avenida Vallarta con un carril exclusivo para bicicletas y uno para transporte público y solo dos para automóviles. Pero es parte de un proceso, un transporte alternativo más eficiente que el auto provocará cambios en los hábitos de las personas.

Es decir, tenemos que decirle al tipo que tira cínicamente el agua, que cierre la llave.


Originalmente publicada en Milenio.

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