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El nuevo estacionamiento Corona



Cuando se construyó la torre Eiffel, a la sociedad parisina le parecía grotesca la idea de dejar un montón de fierros expuestos al centro de su ciudad. El monstruoso esperpento que en Guadalajara tenemos por catedral, con todo y sus torres desproporcionadas y la banquetita ridícula que le quedó de atrio tras la supuesta necesidad de dar espacio al automóvil, parece encantarle a la mayoría de los tapatíos que orgullosos la eligen como primer punto a presumir a cualquier visitante. Ambos edificios de muy cuestionable belleza o lógica, nos guste o no, han sido adoptados por sus respectivas ciudadanías como íconos representativos de su ciudad. 

Por eso, me preocupa poco el juicio de la comunidad de arquitectos y otros, sobre la estética formal del proyecto del mercado Corona; si parece otra cosa, si es clasista, si es feo. Los criterios relativos al gusto siempre serán secundarios, relativos y ajenos al proceso de adopción e integración social de un edificio. 

Tema aparte, es la elaboración de un concurso entre arquitectos cuyo resultado resulta fuertemente cuestionado con acusaciones que van desde modificaciones arbitrarias y de último momento al programa, hasta de haberlo tenido todo arreglado previamente. De ser así, estaríamos ante un agravio significativo al gremio y una grave estafa a la sociedad por parte del convocante. Nada raro en una sociedad que siempre ha ninguneado a sus arquitectos y en la que los arquitectos luchan por despedazarse unos a otros de acuerdo al interés del momento. La corrupción y la ridícula guerra de egos han dominado la escena arquitectónica de esta ciudad por décadas ¿en realidad vale la pena abundar? Yo creo que no. 

En lo que si vale la pena abundar es en las afecciones reales y medibles que la propuesta del mercado Corona generará en su entorno. 

Bajo los criterios que las industrias automotriz y energética impusieron al mundo durante las décadas de la modernidad, reducir el impacto de un edificio sobre su entorno implicaría necesariamente obligar al desarrollador a contar con los cajones de estacionamiento que den servicio a los automóviles que atraerá. En todos los casos, esto provocó un incremento de la cantidad de automóviles y provocó que en el mediano plazo todas las calles circundantes se llenaran de la plaga que los automóviles estacionados significan para la calidad del espacio público. 

El mercado Corona, antes del lamentable incidente, no disponía de estacionamiento; y aunque está enclavado en una zona en donde, desde hace años, ya no caben más autos, durante su vida útil fue un espacio de intensa actividad comercial que no lo necesitó nunca. El Corona atraía a una buena parte de su clientela a pie o en medios alternativos al auto. 

Los 582 cajones que el nuevo proyecto pretende enclavar ahí por solicitud del programa que armó el municipio convocante - altamente influenciado por la obtusa visión de futuro de algunos empresarios-, no son de ningún beneficio a nuestra ciudad, al contrario. 

Los hábitos del comerciante podrían ser transformados; el usuario podría acabar siendo otro, con otras necesidades de consumo; los 584 cajones atraerán a 1500 automóviles que incrementarán una demanda de espacios que ya no se puede incrementar y que pasarán a aumentar la saturación vial del entorno. 

El programa que se entregó a los arquitectos concursantes debió considerar los planes de tranquilización del tráfico y de desincentivo al uso de automóviles que, en específico en esa zona, nuestra ciudad tiene. ¿Era demasiado pedir?


Originalmente publicada en Maspormas.

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