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Espacio público, ciudadanía participativa y movilidad



El siguiente texto es al que dí lectura en mi participación en la mesa redonda "Espacio público, ciudadanía participativa y movilidad" donde compartí el foro con Alfredo Hidalgo, Mario Silva y Mariano Beret y que fue moderado por Carlos Lopez Zaragoza en el Tecnologico de Monterrey, campus Guadalajara el 09 de septiembre del 2014 como parte del congreso de formación ética y ciudadana de la misma universidad:


Por millones de años la humanidad no ha podido encontrar la respuesta a la que quizá sea la pregunta más intrigante de todas: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina? 

Democracia no es el juego idiota entre partidos para conseguir el voto de las mayorías. Los sistemas electorales liberales nos han convertido en sociedades oscuras de seres resignados que, desconectados unos de otros, somos incapaces de entender y menos aún de resolver nuestros problemas y nuestras necesidades. Nos hemos convertido en meros espectadores. 

Las masivas transformaciones sociales de las últimas décadas han trastocado la manera en que vivimos, disgregándonos y convirtiéndonos en ajenos unos a otros. Las aspiraciones de las personas son hoy completamente individuales. La depresión es ya la segunda causa de muerte a nivel mundial y se estima que será la primera en un futuro cercano. 

La contemporaneidad nos ha vendido la idea de que cada quien tiene derecho a pensar como quiera y los demás debemos tolerar esa diferencia. Renunciamos abruptamente al diálogo, al entendimiento mutuo, a la investigación que nos acerque a la verdad y a todo aquel camino que nos haga comunes. Decidimos tolerar, radicalmente, la estupidez. 

Todos los días recibimos mensajes y frases que nos invitan a ser cada vez más individualistas: “para cambiar el mundo cámbiate a ti mismo” nada más idiota, para cambiar el mundo hay que trabajar para cambiar el mundo y no encerrarse en el propio ego. 

Hemos incluso cambiado conceptos para ocultar la esencia demoniaca de los nuevos planteamientos, ahora llamamos autoestima al egoísmo, desapego a la irresponsabilidad, felicidad a la renuncia absoluta a pensar nuestros problemas, y libertad al derecho inalienable a elegir entre una coca o una pepsi. 

Lo que el individualismo actual ha provocado es una sociedad profundamente desarraigada y desinteresada por lo común. El diálogo y la comunicación –es decir el proceso por el cual nos hacemos comunes- ha sido sustituido por la confrontación discursiva impositiva: 

-Yo digo que aquí no debe haber una ciclovía- 

-Pues yo digo que si-. 

El diálogo es la única manera de crear consenso, es decir la creación de acuerdos sociales que nos permitan establecer un sentido común que nos funcione a todos. Y en algún momento de la modernidad decidimos dejar de dialogar, decidimos evadir los problemas. 

A la inmensa mayoría de los que estamos aquí nos importa la décima parte de un comino la exacerbada contaminación del río Santiago, la cantidad de partículas contaminantes suspendidas en el aire que respiramos, la crisis energética o el probable desabasto de agua que tendremos que enfrentar en la próximas décadas. 

¿Por qué diablos preocuparnos por lo público si podemos simplemente ser supuestamente felices encerrados en nuestra burbuja de plástico con 300 canales de televisión y comida a domicilio? ¿Por qué defender algo de lo que ni siquiera nos sentimos parte, con lo que no tenemos nada en común? 

La respuesta nos la da el mismo sistema: es problema del gobierno, ese por el que alguna vez votamos, que no nos representa, pero en el que dejamos recaer toda responsabilidad de lo público; de lo nuestro, si es que el nosotros aún existe. 

Hace apenas 3 décadas las casas en Guadalajara tenían una barda que no excedía el metro de altura y que hacía más de pasamanos que de seguridad. Hoy, 4 metros de barda no son suficientes para aislarnos de nuestros conciudadanos, además hay que agregar 1 metro de cables electrificados y tener un perro Road-wilder que ladre con violencia a quien se atreva a perturbar nuestra burbuja individual.

La aspiración social actual se nota en la conformación de nuestra ciudad. Centenas de cotos, disgregados sin ton ni son, se encierran al interior de grandes bardas dando la espalda al espacio público para albergar pequeños espacios de exclusión y de privacidad individual. Convertimos a lo que excluye y a lo que priva, es decir lo exclusivo y lo privado en una aspiración moralmente correcta. 

Nadie juzga ya, lo injusto que es que una elite segregacionista disponga de un espacio como el country club de Guadalajara y obligue a todos los demás a rodear kilómetros para llegar al otro lado, ni se diga del fraccionamiento Valle Real y su inmoral secuestro de espacios de todos nosotros. 

La calle queda vacía no solo de ojos y ventanas sino de vida misma. Lo que alguna vez fue, el punto de encuentro, de dialogo y de la vida comunitaria que dio forma a nuestras sociedades; hoy, es un espacio muerto que las personas, a título individual desprecian y han convertido en un mero espacio de transición por el cual trasladarse al trabajo, a la escuela o al centro comercial. 

Pero es tal el abandono de la calle y la inseguridad que provoca, que ahora pareciera imposible recorrerlo si no es a bordo de otra burbuja móvil que nos proteja de la violencia urbana que hemos provocado, ahora solo recorremos momentáneamente el espacio público a bordo de un automóvil. 

El problema irresoluble del huevo y la gallina, es exactamente igual al problema del espacio público y la participación de la ciudadanía en el proceso democrático de decidir lo común. 

Podemos desde los gobiernos o desde el esnobismo ególatra que nos caracteriza a arquitectos y urbanistas crear los espacios más bellos desde la óptica de nuestra época, es decir individualista, y ganar portadas de periódicos, revistas y páginas elitistas de diseño, para nada. 

Sin la participación activa de la sociedad ningún trabajo en el espacio público sirve de nada. Y no me refiero solo como un proceso de uso y apropiamento de la calle. Me refiero al proceso real de mirarnos unos a los otros y encontrar la manera de iniciar un diálogo encaminado a volvernos comunes, a identificarnos. 

Solo un proceso intensivo de comunicación puede convertirnos en comunidad y lograr los acuerdos sociales que nos lleven a resolver las problemáticas de todos, más allá de quien gobierne y más allá del juego bobo electoral. No hay espacio público posible, sin público. 

¿Cómo podemos volver a reconectar a las personas? ¿Cómo podemos competir con la infinita repetición de la serie friends en la televisión, de la telenovela de moda, del último partido de fútbol o con cualquier otro anestésico social popular? ¿Cómo sacamos a la gente a la calle a identificarse entre ellos y volver a construir diálogo, consenso y sentido común? 

No hay respuesta fácil. 

Una, quizá la respuesta que preferiría dar cualquier arquitecto, podría ser una gran transformación física del espacio público, que actualmente es mayoritariamente usado para desplazarnos de un lugar privado a otro lugar privado, en uno en que esos desplazamientos obliguen o cuando menos provoquen el encuentro social. 

Es decir buscar convertir los desplazamientos en las burbujas metálicas automotrices, que nos aíslan del contexto urbano real, en desplazamientos a pie o en bicicleta, que puedan favorecer tanto el conocimiento real del espacio público como la interacción interpersonal. 

La complicación de esta respuesta es que se requieren grandes presupuestos, la decisión firme de aquellos que toman las decisiones y el trabajo constante de equipos de personas por décadas transformando nuestras calles para convertirlas en espacios habitables con vías ciclistas, transporte digno y condiciones de accesibilidad que puedan en realidad competir con el uso del automóvil y la televisión. Nada fácil, pero tampoco imposible. 

La otra respuesta podría ser la provocación: el ejercicio diario de comunicar ideas y generar diálogo recíproco que vaya paulatinamente incrementando la cantidad de individuos dispuestos a volver a sentirse parte de su ciudad y a defender nuestra capacidad para establecer acuerdos sociales que nos den un sentido común. 

Ese sentido común sería la base para una nueva democracia que dé cabida a la participación real de todos en las decisiones sobre lo público que nos conduzcan a garantizar la solución de nuestros problemas; que conduzcan a la felicidad, al bienestar y a la satisfacción de la personas de la comunidad y al mismo tiempo garanticen la sustentabilidad de nuestra ciudad a través del tiempo. 

Muchas gracias.

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