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El día que derribemos los puentes



Transitar hacia una ciudad con movilidad sustentable implica un proceso de reflexión que re-analice casi todos los conceptos que damos por sentados. Que procuremos entender de donde provienen y como es que llegamos a creer eso.

La aparición del automóvil en las ciudades no solo transformó físicamente todo el espacio público sino que además cambió lo que creemos que es justo y lo que no. El auto impuso sus normas y hoy pareciera que al crear normas para promover otros transportes tendríamos que tomar las suyas como si estas fueran universales. Y no lo son. Al usuario de una bicicleta, por ejemplo, no se le tiene porqué imponer ninguna obligación que responda a cuidarse de la peligrosidad que en la calle provocan los carros.

Hay una tendencia retrógrada a creer que el ciclista debe hacer cosas como: circular con chaleco reflejante para que lo vean los autos; detenerse en semáforos en rojo diseñados para la capacidad de arranque de un automóvil; disfrazarse de robo-cop para en caso de ser arrollado por un vehículo de motor, salir ileso; y mil etcéteras. En ninguno de estos casos el ciclista tendría porque ser sancionado por un riesgo que él no provoca. En cambio el conductor del automóvil debe siempre estar sujeto al cumplimiento de las normas, ya que es el responsable de lo que hace en la vía pública mientras lleva entre las manos un arma mortal.

Esto es fundamental en el desarrollo de una política de movilidad ya que una visión antigua –pro-automóviles- derivará en reglamentar, emplacar y sancionar a los usuarios de bicicletas; mientras que una visión más entendida –pro movilidad sustentable- buscará endurecer la expedición de licencias de conducir y reducir los privilegios legales del automóvil en la vía pública, como podría ser, en el caso tapatío, la deseable prohibición de la anticuada vuelta continua a la derecha.

Lo mismo ocurre con los peatones. ¿En qué momento decidimos que la calle no podría ser utilizada por gente a pie? Ahora resulta que es obligación del peatón cruzar estrictamente por las esquinas incluso en calles secundarias y ser responsable y precavido de no ser atropellado por un automóvil. No es. La responsabilidad es de quien conduce el automóvil. Es como si quisiéramos acusar a alguien de haber recibido un balazo por haberse puesto en el camino de la bala y no a quién disparó.

La cúspide de la era pro-automóvil es el concepto del puente peatonal. Los humanos del futuro no podrán entender cómo es que creamos una infraestructura discriminatoria diseñada expresamente para quitar del camino a los peatones y dar prioridad absoluta de paso a los autos, complicando el simple cruce de una calle.

Si bien habrá victorias; y habrá vías ciclistas y mejor transporte, y poco a poco se irá transformando la ciudad en la medida en que nuevas generaciones accedan al poder; esta guerra por una ciudad más humana no terminará hasta que hayamos derribado el último puente peatonal.


 Originalmente publicada en Maspormas GDL,

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