Nada anuncia más lo normal de un día, que el tráfico congestionado en las avenidas de la ciudad. A vuelta de rueda, millones de automovilistas intentan llegar a su destino soñando la posibilidad de pasar unos sobre otros. La escena diaria es sonorizada por una orquesta de motores, cláxones y algún auto estéreo excedido de volumen por alguien que, falsamente, se creyó capaz de escapar al caos. Pero siempre hay una vía paralela. Para algunos, dejar el auto en la cochera y aventurarse a realizar el recorrido diario habitual montado en una bicicleta, sigue siendo un acto de heroísmo. Un acto invariablemente ejecutado por alguna persona idealista, que seguro busca dejar de ser parte del problema y está dispuesta, incluso, a arriesgar la vida propia; para, ingenuamente, intentar salvar al mundo. Pero hay un secreto oculto compartido por aquellos que han transformado hábitos y tomado la bici como principal medio de transporte: no lo es. A solo un par de cuadras de cualquier avenida, una calle...