Durante el siglo pasado, las tecnologías y la disponibilidad de energía barata provocaron un incremento en la velocidad con la que hacemos las cosas. Nuestros sentidos han venido siendo abrumados por la velocidad a la que vemos el mundo pasar sin ser conscientes completamente de qué tan rápido cambian las cosas. Nos educaron, equivocadamente, para siempre tener prisa y nunca detenernos a deleitarnos con la vida diaria a un ritmo más bien humano. Los fabricantes luchan por producir el auto más innecesariamente veloz, y digo innecesariamente porque la velocidad promedio a la que un automóvil se desplaza en territorio urbano suele ser menor al de una bicicleta, ya que las calles en la mayoría de las ciudades del mundo suelen estar congestionadas por otros automóviles vendidos bajo el estigma retórico de la velocidad. La realidad es que ahora somos más lentos que nunca y además tenemos que sufrir todas las externalidades de un tráfico pesado y congestionado; su...